Elecciones presidenciales en los EE.UU. Lo que vaticina la elección de Joe Biden

El martes 3 de noviembre 2020 el pueblo de los convulsionados Estados Unidos fue llamado a ejercer su derecho a elegir a su próximo primer mandatario de la república, como lo es rutinariamente cada cuatro años, en un día martes entre el 2 al 8 de cada noviembre; pero esta vez en un contexto que contenía todos los ingredientes de una gran taquilla: mucho de comedia, algo de pesadilla y gran suspenso.

Un pueblo convulsionado en el ombligo mismo del imperialismo, en un momento en que todo el mundo comienza a convulsionar… El año 2020 pasará a la historia como aquel en que nada seguirá igual. Desde este año en adelante caminarán las sociedades por dos sendas diametralmente antagónicas. La senda al socialismo y aquella a la barbarie: la tercera guerra mundial. La clase trabajadora y sus aliados, de forma notoria, han ido recuperando fuerzas para volver a cimentar el camino hacia la construcción de sociedades socialistas, a veces más a veces menos conscientes de ello, con Laos, Vietnam, Venezuela, Cuba, China y sobre todo la República Popular Democrática de Corea, como sus primeros bastiones. El movimiento social será imparable; cada vez más y crecientes conflictos sociales caracterizarán los tiempos futuros. Pero lo “bueno” siempre viene acompañado por su exacta antípoda. Los centros del imperialismo, desde la disolución del Pacto de Varsovia, avanzan en los preparativos de una guerra contra la República Popular China y la Federación de Rusia. La humanidad arriesga, cada vez más, una guerra nuclear y de armas de destrucción masivas sin parangón en la historia humana.

En un contexto así, vale decir, en un momento en que el imperialismo prepara una guerra a gran escala, ha sido electo Biden presidente de los Estados Unidos.

Un mal augurio.

¿Pero acaso Biden no es el candidato que se enfrenta a la “dictadura” racista, homofóbica y machista de Trump? Con las candidaturas de Biden y Trump, se enfrentan dos fuerzas reaccionarias, profundamente anticomunistas, opositoras de todo proceso progresista y soberanista en el mundo, que no respetan al derecho internacional, cuyas políticas económicas son fundamentalmente neoliberales, dos fuerzas que representan los intereses imperialistas de los Estados Unidos. Pero, un mal no es idéntico a otro. Y ante los momentos inestables y críticos que atraviesan la situación política internacional del presente, las pequeñas diferencias entre ambas candidaturas sí pueden -y son- determinantes: puede depender de ellas la vida de miles de millones, e incluso la civilización y la vida de nuestra especie. Eso daría si la cada vez más realista tercera guerra mundial se llegase a concretar.

¿Cuáles serían entonces esas pequeñas y no obstante decisivas diferencias entre ambos candidatos?

Biden ha sido presentado como el candidato moderado, estadista, diplomático, amigo de los amigos (la Unión Europea), respetuoso de la soberanía nacional de los demás países y defensor de las minorías sociales y de la mujer. Poco se ha mostrado su verdadero rostro. Biden tiene un largo prontuario de corrupción. Pero esa es la parte más “noble” de su obscuro currículo como político del país hegemónico por excelencia. Su verdadero criminal prontuario se lo hizo durante su vicepresidencia del gobierno de Obama, cuando, en conjunto con Hillary Clinton y todo el aparato belicista del Estado, prepararon nuevas cuatro guerras adicionales a las dos heredadas por la presidencia de Bush (Irak y Afganistán). Obama luego, sentado en su sillón presidencial, con un timbre y su firma, las autorizó: Yemen, Libia, Siria y Ucrania.

Como consecuencia de ello Libia regresó de hecho a la edad de la esclavitud, empero habiendo sido uno de los países más prósperos y, desde el punto de vista social, estables del continente, bajo la dirección política del presidente, patriota y regionalista Gaddafi. Siria, a su vez, sigue sumergida, a 9 años del 2011, en una cruel guerra que le ha costado la vida y el éxodo a cientos de miles de sirios. Yemen vive la peor crisis humanitaria del presente por la guerra que le fue impuesta. Y en Ucrania prevalece la inestabilidad social.

Cada una de esas guerras ha significado no solamente hechos horribles, sino además innumerables momentos críticos para la estabilidad política y la paz internacionales -especialmente en Siria y Ucrania-, en que la guerra local podía haberse trastocado en un abrir y cerrar de ojos repentinamente en guerra mundial. Solamente la correcta, diplomática y visionaria política exterior de contención de -especialmente- Rusia (pero también de Irán y China), incluso a costa de dejar impune crímenes cometidos por los grupos terroristas y mercenarios de la OTAN en Siria contra oficiales del Ejército de la Federación de Rusia, ha mantenido el presente en una frágil y relativa situación de paz.

Biden lo ha dicho. Su objetivo como presidente, es seguir, o mejor dicho, retomar los -criminales- pasos del gobierno de Obama. Y al parecer va bien encaminado: todos los “expertos” en política exterior en el eventual gabinete de Biden, que han sido mencionados en los medios de información, apoyaron el derrocamiento de los gobiernos de Irak, Libia y Siria y ayudaron a Al Qaeda y a sus amigos yihadistas.

Obama aplicó hacia dentro una política «neoliberal»[1] que Trump continuó y profundizó, y hacia afuera una agresiva política belicista. La fundamental diferencia entre Trump y Obama (y en consecuencia con lo que será el gobierno de Biden) no se ha dado en el ámbito ideológico ni en la política nacional aplicada, sino justamente en lo que se refiere a la política exterior. En ese sentido tiene Trump dos destacables méritos a su favor.

Uno:    No ha autorizado una nueva guerra, un hecho que no ocurre desde hace cuatro décadas, es decir, desde el gobierno del demócrata Jimmy Carter que quizás fue el mejor gobierno de los Estados Unidos de los tiempos recientes, para los pueblos soberanos y de la misma clase trabajadora y la pequeña burguesía de los Estados Unidos.

Trump intentó salirse de varios conflictos militares del mundo, un intento que no fructificó mayormente porque en los Estados Unidos, como en la mayoría de los países, el Estado nacional se halla en las manos del capital monopolista y las guerras en curso están en su interés. Las presiones internas (y externas) contra los intentos de Trump de sacar a los Estados Unidos de conflictos militares, fueron poderosas, porque la gran burguesía, y más precisamente, la oligarquía estadounidense no solamente quiere mantener activas esas guerras para que le abran espacio a la colocación de sus capitales, a la apropiación «libre» de las fuentes de materias primas y las vías de comercio y al acceso a mano de obra barata, sino, por esas mismas razones, requiere, o más precisamente dicho, necesita más guerras; especialmente en estos tiempos en el que el capitalismo imperialista comienza a manifestar visibles fisuras.

Trump ha puesto menos énfasis en las intervenciones y guerras militares para a cambio hacerlo en la lucha económica (especialmente por la vía de las sanciones) con el fin de lograr una reestructuración de la producción internacional en favor de los Estados Unidos. Las sanciones de Trump, además de buscar debilitar regímenes socialistas, democráticos y soberanos, han tendido a lograr conseguir el regreso de las empresas no extractivas estadounidenses al territorio nacional ubicadas en el exterior, especialmente en China, para fortalecer la capacidad industrial interna, para la creación de puestos de trabajo y para una reorientación de la estructura económica de los Estados Unidos desde una centrada en la exportación de capitales a una en que la exportación de mercancías tenga un relevancia más significativa.

Cabe acá mencionar al margen un hecho adicional que incumbe a la política de Trump en contra de regímenes de orientación socialista: Debe tenerse en consideración que el criminal golpe de Estado en Bolivia del año pasado, financiado y apoyado desde los Estados Unidos, fue, no obstante su carácter criminal, comparativamente con los golpes de Estado de los años 1970s y 1980 en la región, blando.

Dos:    Fue el primer presidente de ese país que durante su mandato presidencial realizó un viaje diplomático a la única sociedad del mundo actual con un socialismo prácticamente consolidado, la República Popular Democrática de Corea, y ello pese a su manifiesto anticomunismo.

No obstante lo recién descrito la política militar de Trump parece errática. De una parte quiere lograr que los Estados Unidos abandonen a la OTAN, de la otra ha abandonado acuerdos internacionales cruciales para la paz internacional: el «Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio con Rusia» suscrito por Gorbachov y Reagan en 1987; el «Acuerdo Nuclear con Irán» suscrito apenas el 2015 entre Irán y el presidente Obama y los gobiernos de los países: Reino Unido, Francia, China, Rusia y Alemania; y el “Tratado de Cielos Abiertos”. De una parte ha intentado retirarse de conflictos bélicos y de otra ha aumentado el gasto militar. De una parte ha querido bajar la tensión militar en distintos conflictos bélicos del mundo y de otra ha concentrado más tropas estadounidenses en torno a China y Rusia. ¿Trump quiere paz o quiere guerra?

Para lograr entender esta aparente ilógica política de Trump, creemos que es necesario analizar las contradicciones sociales de los Estados Unidos de hoy.

Huelga decir que la principal contradicción de una sociedad en la que el modo capitalista de producción es preponderante es la dada entre las dos principales clases sociales (proletariado y burguesía). Mas no es la única. También existen contradicciones en el seno mismo de la burguesía. La mayor de las veces estas contradicciones tienen poca relevancia desde el punto de vista del proletariado y sus aliados. Pero en determinadas circunstancias si las adquieren:

La burguesía norteamericana se halla hoy dividida en dos sectores confrontados. El primer sector basa su riqueza en la exportación de capitales (específicamente de capital financiero) y es representado por Biden. El segundo se ha enriquecido con la colocación de capitales principalmente dentro del mismo país y sale al mercado internacional por medio de la venta de mercancía, representado por Trump. En momentos como los de hoy, en que el capitalismo financiero entra en una crisis abismal, cada sector pugna por su propia supervivencia.

De ambas formas de capitales, desde la perspectiva de la soberanía nacional de los pueblos, es el de tipo financiero el más nefasto. El capital financiero necesita abrirse espacio dentro del mercado internacional de forma cada vez más acelerada, lo que le impide cada vez más tener una perspectiva política de largo e incluso mediano plazo. La guerra camina ciega a la sombra del capital financiero. Y el capital financiero es corto de vista. Cada día sin generar ganancias, le significa «pérdidas» magníficas. El capital financiero, el más poderoso de los capitales, tiene al Estado sometido a sus intereses. Así es que el Estado es forzado a “intervenir” en dónde sea (sea p. ej. creando golpes de Estado, guerras, o revoluciones “de color”), sin importar los daños colaterales. Las internacionalmente muy diversificadas cadenas productivas, que el capital financiero domina en casi su totalidad, no pueden interrumpirse. Mientras el saqueo de las materias primas, el acceso a las vías de comercio y suficiente cantidad de mano de obra estén garantizados para mantener viva la portentosa red de cadenas productivas que cubren el mundo, está todo bien. Pero la valorización del capital está en el presente en crisis, por lo cual sus dueños de capital necesitan, con urgencia forzar nuevos mercados y disponer de libre acceso a fuentes de materias primas. Nada puede estar en el camino de la colocación de su capital; ni un Kim Jong-un, ni un Gadaffi, ni un Assad, ni un Maduro, ni un Morales, ni un Diaz-Canel, cuando se trata de valorizar su cuantioso capital. Tampoco lo pueden estar un Putin y un Xi-Jinping.

La presión del capital financiero sobre el Estado de la nación norteamericana es potente. Biden es su candidato -el del capital financiero-, y por eso es posible que su gobierno cimiente el camino directo hacia una guerra a gran escala, comenzando con Irán y terminando con China y Rusia, lo que incluso puede llegar a ocurrir bajo este mandato presidencial. La confrontación contra China y Rusia es un “deseo” intrínseco de los dueños del capital financiero y si “fuera por ellos” esa confrontación ya se hubiera desatado.

La otra facción del gran capital, “percibe” los movimientos de su par financiero con creciente recelo. La facción del gran capital que Trump representa ha ido reconociendo en su par financiero cada vez más un obstáculo para la materialización de sus intereses y los de los Estados Unidos en su conjunto. Ve que no solamente arrastra a otras naciones al incontrolado remolino de la guerra y a la bancarrota, sino que también a la misma sociedad estadounidense, de la que es parte… Por eso ha comenzado a pugnar por una necesaria reestructuración y reorientación del Estado, especialmente de su política exterior; trabaja por conseguir un Estado con capacidad de planificación a mediano y largo plazo en los asuntos políticos de carácter internacional. Si “los chinos” planifican en tramos de 20 a 100 años, entonces ¿por qué los Estados Unidos deben aceptar el regido absolutista del capital financiero (en el lenguaje de Trump, del “Estado profundo”) que apenas permite “dar pasitos” de medio año? La incapacidad de planificar a mediano y largo plazo pone a los Estados Unidos en desventaja ante la República Popular China (y de otras naciones).  Dentro de este marco podrían explicarse los grandes esfuerzos del gobierno de Trump de lograr una reorientación de la estructurá económica de los Estados Unidos de una basada esencialmente en la exportación de capitales a una en la que la exportación de mercancías asuma un rol más significativo. El fenómeno acá descrito, es decir, la creciente confrontación de un sector del gran capital estadounidense con el otro se hizo visible aproximadamente desde el año 2008 pero debe tener sus raíces bastante más en el pasado.

Sobre la base de lo recién descrito se hacen explicables las aparentemente erráticas decisiones de Trump:

La pretensión de Trump de buscar la salida de su nación de la OTAN, obedece al esencial hecho de que esa organización está bajo la clara potestad de los capitales financieros estadounidenses, europeos y canadienses (“globalistas” en el lenguaje de Trum), y que a causa de ella -de la OTAN- los Estados Unidos arriesguen con ser succionados por el remolino incontrolado de la guerra en un futuro demasiado pronto, a una guerra que será sin duda de carácter nuclear y para la cual ninguna nación estaría preparada en el presente, tampoco los Estados Unidos.

La posibilidad de concretizar la producción de cohetes de rango intermedio, que Trump abrió con la salida unilateral de los Estados Unidos del «Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio con Rusia«; el aumento del gasto militar y la modernización del armamento de los Estados Unidos, especialmente el de tipo nuclear; y la creación de la Fuerza Espacial (en 2018) son fáciles de explicar. Constituyen parte de la mirada estratégica que él y su sector le quiere estampar al Estado. Es preferible prepararse bien, para cualquier eventualidad en un futuro indeterminado, que hacer gastos innecesarios en «pequeñas» guerras, que además de ser muy costosas, no hace más que desparramar las fuerzas estadounidenses por el planeta.

El gobierno de Trump se hace comprensible, si se logra vislumbrar el conflicto interburgués que atraviesa a la nación, en el que cada sector de la gran burguesía tiene intereses económicos y miradas sobre el rol estratégico del Estado nacional, divergentes. Trump, y el sector de la burguesía que su gobierno representa, intentan imponer que el Estado esté a la altura que exigen los tiempos actuales, que esté dispuesto a sacrificar ciertos intereses (por grandes que sean) del capital financiero, en pos del fortalecimiento interno de la producción nacional y de un poderío militar estadounidense con mirada estratégica.

La contradicción entre ambas facciones de la burguesía estadounidense nos parece de carácter estructural, por lo que se puede suponer que un segundo gobierno de Trump hubiera tenido características similares a las de su primer mandato presidencial.

¿Pero acaso no era Biden el «candidato del pueblo» y Trump el del gran capital estadounidense? Los datos muestran lo siguiente: De acuerdo a la Lista Forbes financiaron 131 multimillonarios la campaña de Biden quien en su totalidad (no solamente por el aporte de dichos multimillonarios) recaudó 1.000 Millones de US$. “Apenas” 99 de los mismos financiaron a Trump quién recaudó unos 600 Millones de US$ (60% de lo recaudado por Biden). De los dineros recaudados para la campaña de Biden el 52% fue aportado por grandes inversores. Ese dato cae a 46% para Trump. Pero si los datos observados son los del capitalista colectivo, las diferencias en el financiamiento entre ambas campañas de las candidaturas, se hacen drásticas. Silicon Valley en pleno, es decir, Facebook, Apple, Microsoft, Amazon, Alphabet y Netflix otorgaron “apenas” US$ 850.000 a la campaña de Trump pero aportaron (¡tómese nota!) US$ 14 Millones a la campaña de Biden.

¿Pero Wall Street? Recordamos que Wall Street financió a Trump contra Clinton hace cuatro años atrás. Esta vez no fue así; esta vez financió a Biden con más del doble(!) del monto que había aportado en la anterior campaña de Trump.

En un claro instinto de supervivencia, el capital financiero apoyó a Biden de forma decidida.

¿Pero realmente gobernará el centro del imperialismo un senil? El verdadero presidente de los Estados Unidos no será, en los hechos, Biden, sino su vicepresidenta Kamala Harris. Ella gobernará de facto. Incluso podrá darse el caso que, luego de un tiempo, Biden sea declarado o el mismo se declare «incapacitado» para ejercer el mandato presidencial, para que asuma el puesto, así vacado, Harris y ejerza no solamente de facto sino también formalmente la presidencia. ¿Pero ella es no es acaso de origen Africano y así «representante» de las minorías «raciales» de los Estados Unidos? Su bisabuelo, jamaicano, negro, no fue ni esclavo ni pobre, sino un terrateniente que en sus tierras mantenía a otros negros como esclavos suyos para que le sirvieran. Kamala Harris es parte de una élite y no del pueblo negro sufrido. Su lealtad e identidad están con los poderosos, los explotadores, los opresores. De ninguna otra manera hubiera llegado a donde está ahora, a ser vicepresidenta del principal país imperialista.

Hay momentos en que es irrelevante si gobierna el así llamado “mal menor” o el así llamado “mal mayor”. Esos momentos efectivamente son los mayoritarios. Pero hay otros contextos históricos en los que la opción por el mal menor adquiere una relevancia fundamental. Ante el escenario internacional en el que se arriesga,con cada día que transcurre, el desastre de una tercera guerra de carácter nuclear incontrolada e incontrolable, las contradicciones interburguesas y la opción del mal menor sí tiene importancia. Desde el punto de vista del futuro, es preferible un gobierno con miras estratégicas a uno que actúa de acuerdo al estado anímico del capital financiero.

Trump se preparó bien para estas elecciones. Él tiene una larga trayectoria política tanto contribuyendo a candidaturas demócratas como republicanas, por lo que no se puede suponer que no tiene idea de lo que hace. De una parte tiene, apoyado en la Constitución, la posibilidad de reclamar como ilegítimas los votos contabilizados fuera del plazo establecido. Pero de otra parte tiene una futura carta bajo la manga. Él está encausando una parte del descontento social, creando discordia interna. Como se ha dicho, el conflicto entre ambas facciones del gran capital de los Estados Unidos, es profundo. Ambas facciones luchan a su manera por su propia supervivencia, en un momento en que el modo de producción capitalista entró internacionalmente en una crisis. Trump no dejará a Harris, perdón, a Biden gobernar con tranquilidad, así como el sector que Biden representa hoy le hizo la gobernanza imposible durante su mandato. Con la cizaña que Trump está creando o mejor dicho politizado y polarizando, intentará forzar a Harris, perdón de nuevo, a Biden a estar concentrado en los asuntos internos más que en los conflictos internacionales. A partir del 20 de enero, tendrá Biden que lidiar con una desconfianza generalizada en pueblo estadounidense (la pandemia del Covid-19; gran cesantía y una ascendente recesión económica; desconfianza en el sistema de elecciones y seguramente una creciente desconfianza en la misma “democracia” estadounidense; problemas “raciales” y de inmigrantes; etc.), teniendo en consideración además que su partido no tendrá mayoría en el Senado, que ha perdido escaños en la Cámara de Representantes y que no ha podido registrar ganancias en los parlamentos de los estados federales. Entre las filas demócratas reina la desazón. Un contexto complejo para la dupla Biden/Harris. Trump, y el sector capitalista que representa, usarán esos factores a su favor. Así es que Trump llamó para 6 de enero, día en que el congreso de los Estados Unidos hace oficialmente público los resultados de la elección presidencial, a la realización de una gigantesca manifestación por fraude electoral. Es de esperarse que el 6 de enero será solamente el comienzo.

La gran votación que Trump obtuvo, superó todas las expectativas. Recibió votos de los sectores afrodecendientes, latinos y eurodescendientes. Una votación transversal. La gran votación de Biden se caracteriza por lo mismo. ¿Qué nos dice eso? Que la clase trabajadora y la pequeña burguesía del país se han alineado detrás de una de las dos facciones del gran capital y que no disponen aún de un proyecto unitario propio.

Ninguna de ambas facciones (ni la de Trump ni la de Biden) representa los intereses de las grandes mayorías sociales del país: la clase trabajadora (conformada por inmigrantes, afroamericanos y euroamericanos), la pequeña burguesía democrática, los pueblos originarios, ni la voluntad política de cambiar el actual carácter antidemocrático, oligárquico e imperialista de los Estados Unidos por uno democrático, popular, que deje atás su ser imperialista y que, si bien no sea socialista, postule la perspectiva del socialismo como horizonte de sociedad.

Por eso deseamos que en los Estados Unidos comience a desarrollarse un movimiento social que al menos apunte a socavar el carácter imperialista de los Estados Unidos, vale decir, que pretenda colocar esposas a las manos del capital financiero, tal como Trump y sus representados lo buscan hacer, pero desde el punto de vista de la lucha de clases, vale decir, desde los intereses del proletariado y de la pequeña burguesía, con un proyecto de sociedad propio, alternativo al que impone el capital financiero y que tenga un alcance mucho más allá de lo que la otra facción de la gran burguesía pueda ofrecer. Pero mientras eso no ocurra, mientras el proletariado y la pequeña burguesía de los Estados Unidos no logren cristalizar al menos en forma germinaria una alianza democrática, duradera bajo un único proyecto social que por lo demás tenga perspectiva política, y, de lo contrario, sigan caminando detrás de una de las dos facciones del gran capital, la opción de Trump seguirá siendo el mal menor. El pueblo estadounidense que optó por esa opción, no lo hace por ceguera y fanatismo (cómo lo presentan los monopolios de la información), sino por una -más o menos esclarecida- comprensión que las lógicas impuestas por el capital financiero nacional (el Estado profundo en el lenguaje de Trump), están llevando a su nación a una verdadera catástrofe nacional. El gran error de Trump fue su gestión de la epidemia[2]. De haberlo hecho diferente, seguramente que el margen entre él y Biden hubiera sido -al menos- aún menor. Pero es probable incluso que hubiera ganado con un cómodo margen.

El mal menor, visto desde la perspectiva internacional y teniendo siempre presente que el momento histórico está marcado, y más aún, condicionado, por el cada vez más latente riesgo de una guerra mundial, un factor que ningún análisis de la contingencia internacional puede excluir si tiene la pretensión de seriedad, no es el senil, corrupto y belicoso de Biden. Biden nada bueno vaticina. Guerras y más guerras, que pueden convertirse en cualquier momento en reacciones en cadena incontrolables. La presión sobre Siria e Irán se acrecentará notoriamente y seguramente también la presión sobre la República Popular Democrática de Corea y Cuba. Tampoco los valerosos pueblos de Venezuela, Bolivia y Nicaragua deberían colocar grandes (ni siquiera pequeñas) esperanzas en la figura de Biden. El desencanto será grande. La necesidad del diálogo debe estar presente, aún con los Estados Unidos de América, pero deseamos que se preparen bien en todos los ámbitos posibles, para que nada les tome por sorpresa. La mano de Biden vendrá más dura. Que se hagan un ejemplo con la RPDC, siempre socialista, siempre soberana y siempre preparada para todo. Los demás pueblos de la región les queremos y necesitamos fuertes, preparados y siempre un paso por delante de las agresiones imperialistas. Su lucha es nuestra fuerza.

Por eso consideramos profundamente negativas y perjudiciales las ilusiones que en torno a la figura de Biden, de forma interesada y oportunista, han levantado ciertos partidos y organizaciones como, en Chile, el Partido por la Democracia (PPD), el Partido Socialista (PS) e incluso algunos miembros connotados del Partido “Comunista” (P“C”), al entregar una positiva evaluación de su victoria electoral en los comicios estadounidenses recién pasados.

La Unión Europea es seguramente la única que puede esperar una relativa mejora en sus relaciones diplomáticas y comerciales con los Estados Unidos. Pero pensamos que ese hecho es señal de una burguesía regional dependiente y lacaya de los Estados Unidos, una burguesía tan dependiente del capital estadounidense que no es capaz de caminar sobre sus propios pies.

Pero, independientemente de cómo se desarrollen los siguientes hechos en los Estados Unidos, son esencialmente China y Rusia (no exclusivamente) los principales garantes de la paz internacional. De lo que ahí ocurra, de cómo sepan confrontar la cada vez más alarmante agresión imperialista, de cómo sean capaces de ejercer una adecuada política de contención, de ello depende fundamentalmente el destino próximo.

Pero la paz mundial también depende además de otro factor. De nosotros, los pueblos de las diferentes naciones del planeta. En la medida que logremos ir impulsando las segundas independencias, la independencia económica, socavar a nuestras burguesías lacayas y avanzar hacia una sociedad realmente soberana, amiga de todos los pueblos que no se quieren doblegar o comienzan a alzarse, hacemos un aporte a la paz mundial. Cuanto más savia le quitemos al imperialismo menos posibilidades tendrá de sumergir a la humanidad en su guerra.

Esto significa para nosotros los chilenos: A refundar Chile en pos de Chile y de la paz mundial.


[1]      Por «neoliberalismo» entendemos a aquella política económica dentro del modo de producción capitalista que reduce la responsabilidad social del Estado a su mínima expresión posible lo que a la misma vez implica el fortalecimiento de su carácter represivo.

[2]      Se dice que fue intencionalmente mal asesorado por algunos de sus cercanos asesores que “atornillaban al revés”. No tenemos antecedentes al respecto.

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