COMENZAMOS EL AÑO 2020 BREVE REFLEXIÓN (Parte 3)

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En los últimos años pareciera que un mecanismo escondido en el universo, oculto entre galaxias y neblinas cósmicas, haya acelerado el tiempo, acá en nuestra pequeña tierra. Por cada unidad temporal van ocurriendo más eventos. Se hace casi imposible omitir un día las noticias del mundo, al arriesgar pasar por alto uno y otro hecho que pudieran revolucionar la historia contemporánea humana:

Parte 3

¡Socialismo, socialismo, pues… socialismo!

-¿Por qué los partidos comunistas se hallan debilitados, si las necesidades sociales de las grandes masas son enormes?

Con la disolución del Pacto de Varsovia, la confianza en la viabilidad del socialismo y consecuentemente en quienes han dirigido las revoluciones socialistas, los comunistas, sufrió un profundo quiebre. Este hecho pesa sobre la clase trabajadora, especialmente porque su vanguardia (los comunistas) se halla debilitada en su capacidad argumentativa y organizativa: ¿Quién querrá luchar por un sistema “fracasado”? ¿Para qué luchar si será “en vano”? ¿Por qué confiar en los comunistas si habrían “fallado”?

El revés ralentiza el crecimiento de los partidos comunistas en -casi- todo el mundo. Una derrota política pesa. Recuperarse de ella puede exigir años o décadas. Los comunistas reconocemos nuestras victorias y aciertos del mismo modo que nuestras derrotas y desaciertos. El fin del grupo de países socialistas de Europa del Este y Asia fue una gran derrota.

La principal (aunque no única) raíz de tal disolución ocurrió años antes: fue la Segunda Guerra Mundial que exterminó a casi todos los genuinos cuadros del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Los cuadros (y patriotas convencidos) eran los primeros y más voluntariosos en ofrecerse para ir al frente. 4 de los 27 millones de muertos soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial, fueron militantes del PCUS. Si se considera que el total de sus militantes, durante la guerra, fue de aproximadamente 6 millones, se puede justipreciar la enorme cantidad de cuadros que perdieron sus vidas en la guerra. Mientras los militantes comunistas más experimentados y convencidos de las ideas comunistas iban muriendo en el frente, quedaban atrás los oportunistas, cobardes y enemigos encubiertos. Si bien el PCUS se iba renovando, en la medida que iban ingresando nuevos militantes, estos, en su mayoría jóvenes con honestas convicciones comunistas, eran, si bien buenos, no de excelencia como un cuadro. Carecían de experiencia suficiente y por lo tanto de la necesaria preparación política e ideológica, que exigía la lucha contra los elementos dañinos en el seno del mismo partido y del Estado soviético.

El resultado final, entre la muerte y el ingreso de militantes comunistas, fue el que la renovación de los cuadros —un cuadro necesita décadas de formación— ocurrió a menor velocidad que el posicionamiento en puntos estratégicos, tanto en el partido como en el Estado soviético, por los oportunistas y encubiertos enemigos de la URSS. Estos grupos sí disponían de una excelente práctica política para disfrazar, en un envoltorio de apariencia comunistas, su oportunismo, su cobardía y su enemistad con el Estado obrero y campesino. Los muchos nuevos militantes inexpertos no tenían la astucia política suficiente para reconocer las intensiones ocultas tras la apariencia. Los cuadros comunistas que sobrevivieron la guerra, encabezados por Stalin, quedaron en minoría dentro del partido. Progresivamente acorralados perdieron poco a poco la dirección de él (del partido) y de ese modo del Estado soviético. El proletariado, el campesinado y los múltiples pueblos integrantes de la URSS, iban quedando prácticamente sin una representación política en el, en su, Estado soviético, que defendiera sus intereses. El avance de los sectores oportunistas, cobardes, enemigos encubiertos e incluso colaboradores del fascismo, no logró recibir una respuesta política contundente y organizada; los cuadros, los elementos ideológicamente mejor preparados y con la mayor experiencia en la práctica política, estaban en minoría ante los otros, que astutamente se habían situado en posiciones estratégicas y decisivas dentro del Estado y del PCUS. Finalmente, el oportunismo y los enemigos encubiertos (el trotskismo, los kamenevistas y otros elementos pequeñoburgueses y contrarrevolucionarios) conquistaron con Nikita Sergejewitsch Chruschtschow la dirección del Estado, y el largo camino hacia la restauración capitalista (1956-1989) comenzó.

Entre 9 a 11 mil años de evolución humana (los años desde los que existe la civilización y el Estado) tuvieron que esperar las partes oprimidas, explotadas y marginadas de las sociedades humanas,hasta que los tiempos, o dicho de forma más precisa, la sociedad humana estuviera madura para la aparición de los cuadros comunistas, es decir, de aquellas personas que enfrentan a la explotación, a la injusticia social y a la opresión del ser humano por el ser humano, no solamente guiados por la emocionalidad, sino además por intermedio de la búsqueda racional de explicaciones y soluciones, vale decir, de la comprensión y del conocimiento científico, de la realidad, para intervenir en ella de forma consciente, organizada y planificada. Al observar a la historia de la lucha de clases, desde la perspectiva de los milenos transcurridos hasta la aparición del cuadro comunista, y tomando en consideración que un solo cuadro necesita varias décadas de formación, nos percatamos de que su exterminio durante la Segunda Guerra Mundial fue un hecho histórico colosal y grave de proporciones inconmensurables para el proletariado, los campesinos, la pequeña burguesía democrática y los pueblos en todo el mundo.

En resumen, el fascismo alemán dejó a la URSS una herida mortal, durante su aniquiladora invasión. La herida no fue económica, pese a la terrible destrucción del campo y de la infraestructura, sino el costo humano, en especial la colosal cantidad de muertes de cuadros comunistas. El proletariado, el campesinado y los pueblos de la URSS perdieron a sus cabezas, a sus líderes, a sus más avanzados elementos, los pilares del Estado soviético. La restauración del capitalismo a finales de los años 1980s e inicio de los años 1990s casi no necesitó armas para imponerse. Bastó años antes con la eliminación de una gran proporción de cuadros durante la Segunda Guerra Mundial, o sea de aquellos elementos que hubieran logrado visualizar, confrontar y contrarrestar el proceso de restauración, para que el capitalismo se restableciera.

Esa restauración es un lastre pesado, que los comunistas estamos cargando en nuestro camino a la reorganización política, ideológica e incluso moral.

Los comunistas ganaron la Segunda Guerra Mundial, a un costo humano nunca antes dado en la historia. Pero esa misma victoria, obtenida con honor, con valor y recordada por cientos de futuras generaciones, portaba en sí la semilla de la negación del socialismo, o sea, la restauración del modo de producción capitalista en el mismo territorio en el que había triunfado la revolución socialista.

-¿Entonces… el socialismo ha fracasado…? ¿Y los que persisten creyendo obstinadamente en él, habrían aprendido nada de la historia?

Los procesos históricos son reversibles. Así como en la física existen fenómenos mecánicos, también los hay en la historia de las sociedades humanas. Sin embargo, la realidad en su conjunto y la historia humana en particular, son más que solamente mecánicos; son reversibles, pero nunca en su totalidad.

La construcción del socialismo en la URSS (1917/1924 hasta 1936 con la constitución soviética) demoró menos años (en total 12/19 años) que su desmantelamiento (aprox. 35 años), pese a la guerra de exterminio total del fascismo alemán lanzada contra ella, cuyo fin manifiesto y primordial era la destrucción inmediata del primer Estado obrero. Las ondas destructivas de la guerra fascista  duraron 35 años para colisionar. Destruir las bases del socialismo exige, entonces, más tiempo que el de colocarlas y un esfuerzo militar de proporciones exorbitantes.

Eso es una señal de la fortaleza del socialismo, de su capacidad de perdurar en el tiempo, eso habla de las sólidas bases que tiene en el seno del pueblo. Esas bases no se pueden borrar. Las ruinas históricas del socialismo quedan allí en el territorio en el que fue restaurado el modo de producción capitalista.

La burguesía y su gobierno, encabezado por el presidente Putin, no pueden borrar todos los símbolos soviéticos de las fachadas de los edificios, de los actos militares, de sus ceremonias, ni el recuerdo del socialismo de la memoria popular, no obstante los grandes esfuerzos colocados por el Estado por lograrlo.

Más y más personas en aquellos países que conocieron el socialismo, sienten hoy añoranza por él. Seguramente, aunque quizás no la totalidad, al menos la mayoría de las naciones que vivieron en el socialismo regresarán a él en un futuro no tan lejano (¿quizás en los próximos 30 a 40 años?, quizás incluso antes…). La negación de la negación, será la restauración del socialismo.

Es incluso posible entrever un hecho adicional: puede ser que esa restauración esté en curso. En los últimos tres a quizás cinco años pueden percibirse sutiles señales de una cautelosa y aún difusa reorientación de la política (aún no de la economía) del Estado de la Federación de Rusia, bajo el gobierno burgués del presidente Putin. El timón del barco que iba directo a un capitalismo consolidado, ha hecho, en algún momento indeterminado, un pequeño giro, de ínfimos grados, imperceptibles (casi) en el presente, pero que en el tiempo, se podrían hacer notar.

Es posible atreverse a afirmar que la restauración viene impulsada, aún con fuerzas muy debilitadas, por el proletariado de los ex países socialistas, pero también desde el mismo Estado burgués de Rusia.

-¿Por qué un Estado burgués querría reorientarse para ser más o menos socialista?

El Estado de la Federación de Rusia es un Estado burgués con características especiales, por ser construido sobre las ruinas del primer Estado socialista que hubo. El capitalismo en Rusia no se instaló de golpe por la vía de una contra-revolución fascista, sino producto de una paulatina y lenta restauración, apoyada por abajo por las olas que dejó la pesada gota fascista en el agua de la historia soviética. Con la victoria sobre el fascismo alemán, sin embargo, fue frenado el hecho del restablecimiento del modo de producción capitalista sobre la base de la destrucción absoluta de las estructuras sociales del socialismo, como sí ocurrió en España, por ejemplo. Esa restauración absoluta no logró darse en Rusia. La burguesía rusa, nacida de la corrupción, del oportunismo y como un eco, pero no como producto directo, del fascismo, no pudo destruir todas las bases del socialismo.

¿Cuáles son esas ruinas?

  • Un Estado, un territorio y muchos pueblos.
  • La victoria sobre el fascismo.
  • La estructura económica de la Federación de Rusia. La infraestructura, el conocimiento y la tecnología de las industrias extractivas del petróleo y del gas, de las industrias productivas como las de la defensa y nuclear, de las que la economía rusa se beneficia en la actualidad, son herencia de la era soviética.
  • Herencia soviética en los restos del sistema educativo y de salud.
  • Una industria militar fuerte (pese al desmantelamiento industrial durante la era de restauración capitalista).
  • Un portentoso poderío militar, incluida la capacidad termonuclear.
  • Un sólido antifascismo en la mayor parte de la población de la Federación de Rusia, debido a la lección histórica que significó la Segunda Guerra Mundial y la victoria sobre el fascismo alemán.
  • La necesidad de defender los verdaderos sucesos históricos que ocurrieron durante la Segunda Guerra Mundial, entre ellos el esencial hecho de que fue la Unión Soviética (el Ejército Rojo y el pueblo soviético) la que realmente venció al fascismo alemán, ante los intentos del occidente de querer reescribir esa historia. Según esta re-escriturara, al mejor estilo Holiwoodense, habrían sido los Estados Unidos los supuestos principales vencedores del nazismo. Los intentos de reescribir la historia de la Segunda Guerra Mundial, obedecen a la voluntad del occidente de solapadamente cuestionar para finalmente violar e invalidar los acuerdos, aún vigentes, suscritos en las conferencias de Yalta y de Potsdam, en la fase pos guerra, que entre otras cosas establecieron las actuales fronteras en Europa, entre ellas la existencia del exclave soviético, hoy ruso, Kaliningrado y la participación de la URSS, hoy de la Federación de Rusia, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Una vez que se logre convertir a la URSS, sobre la base de la mentira descarada y desvergonzada, en igualmente culpable de la Segunda Guerra Mundial como lo fue el fascismo alemán y una vez incluso que se logre desconocer el rol fundamental de la Unión Soviética en la victoria sobre el fascismo alemán, se deslegitimarían los acuerdos suscritos en ambas conferencias, también para la Federación de Rusia, heredera de la URSS.
  • Una carga histórica soviética del ejército, lo que hace que en el presente disponga al menos, si bien no socialista, un profundo carácter patriota. El ejército ruso tiene, a diferencia, por ejemplo, del chileno, intrínsecamente fascista, dispuesto a ensuciarse las manos con la sangre de su propio pueblo, una función fundamentalmente defensiva.
  • Una posición política internacional, heredada de la URSS, que le coloca obligadamente, independiente de la voluntad o no de los diferentes grupos económicos nacionales, del lado del anti-imperialismo y dentro de ese, como una potencia garante de la paz internacional, por ser una de las pocas naciones con el poderío militar suficiente, para confrontar a la OTAN (y a la emergente PESCO). El Estado ruso no puede ser ni sumiso ni obediente de las políticas imperialistas, aunque quisiera…, porque gracias a su poderío militar cada mínimo “no” dicho por el, en la defensa de los intereses nacionales o en defensa de las naciones en los que Rusia guarda intereses políticos, es un no de hecho y de peso internacional.

La burguesía rusa, por muy adinerada, corrupta, putrefacta, ortodoxa, y su Estado, no pueden borrar el hecho de que sus existencias se deban, históricamente hablando, única y exclusivamente a la revolución bolchevique de 1917. Sin revolución, la burguesía de Rusia sería otra, una débil, lacaya, dependiente, con fuertes vestigios feudales, y el Estado ruso sería uno sin un poderío militar portentoso y casi sin industria militar propia. Una Rusia sin revolución, es decir, como heredera del zarismo, podría haber sido una India, un Brasil, o incluso no haber existido como un Estado único, dividida en varios; la fragmentación de Rusia ha sido, y sigue siendo en el presente, un objetivo histórico que ha buscado lograr el occidente.

La actual burguesía rusa es producto del socialismo. Ese hecho es su bendición, pero a su misma vez, es su karma. Y ese karma, en el futuro, será su fin. La Rusia de hoy es el resultado del socialismo de ayer y de ese modo lleva en su seno, en la forma de su propia negación, la semilla del socialismo:

Ante la ascendente amenaza militar de los países organizados en la OTAN (y la PESCO) contra Rusia, es decir, ante el peligro en aumento de una guerra termonuclear del occidente en su contra, ante las crecientes y cada vez más amenazantes sanciones económicas, el ascendente empobrecimiento de las grandes masas rusas, por la explotación capitalista interna y la monopolización de la producción (y por ese medio, la concentración de la riqueza), tiene Rusia dos posibles caminos por andar:

Uno.    Que las tendencias reaccionarias a favor de la balcanización de Rusia, “ayudadas” desde el occidente y apoyadas en el creciente descontento social, tomen el timón de Rusia y logren su fraccionamiento en varios pedazos. Los grupos líderes de la balcanización ganarían con ella, el posicionarse en las más altas esferas de poder de “su” pedazo de Rusia, como dueños feudales de sus pequeños fundos, a la vez de ser sumisos súbditos del regido imperialista.

Dos.     Mantener la unidad territorial bajo un Estado poderoso.

Las partes de la sociedad que se construyeron en la era de la restauración capitalista en Rusia, sobre las ruinas socialistas, más y más no calzan. Las ruinas socialistas no lograrán soportar por mucho tiempo más las sobre ellas erguidas construcciones capitalistas. Cuanto más se construyan, se avance en el tiempo, tanto más peligran derrumbarse sobre sus cimientos socialistas. Mientras más presión se ejerza desde afuera sobre Rusia, más posibilidades tienen los elementos anti patriotas y separatistas, en concomitancia con Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea, de ganar fuerza y, al cabo del día, de lograr su objetivo de fraccionar a Rusia. Es probable que el gobierno actual de Rusia presienta este peligro como también vislumbre que su actual Estado no tiene poder suficiente ni para aguantar la creciente hostilidad económica occidental (porque significará un aumento drástico de la cesantía, y por lo tanto de la pobreza y la disconformidad social), como para responder a una guerra de agresión de la OTAN y simultáneamente mantener la unidad territorial; -una capacidad inherente y propia de un Estado de carácter socialista, porque sus pueblos integrantes sienten identificación con y son dueños de él. El capitalismo en cambio, profundiza las desigualdades sociales tanto entre las clases como la entre los pueblos que lo integran, lo que conforma un caldo de cultivo para el separatismo. Y el separatismo se puede convertir en una real amenaza para la unidad territorial. Grupos fundamentalistas religiosos, muy bien financiados y preparados desde los centros del imperialismo, podrían causar estragos, creando cizaña entre los pueblos y las diferentes etnias.

El Estado actual de Rusia debería cambiar su carácter, si es que —los sectores patriotas de— la burguesía, y sus representantes en el gobierno, quieran mantener las actuales fronteras de Rusia intactas y una cierta paz social. La burguesía rusa, como cualquiera, querrá dejar intactos sus privilegios. Pero, ante la creciente hostilidad de la OTAN (y al PESCO) contra su Estado, se verá forzada a permitir reformas, ante la amenaza que la situación nacional e internacional desborde en direcciones inesperadas. Su accionar irá orientado en intentar mantenerlas lo más mínimas posibles. Es posible, que en los años venideros se perciba, por ende, una paulatina y sigilosa reorientación de la economía de la Federación de Rusia, impulsada desde el Estado mismo, hacia una con rasgos sutilmente socialistas pero, manteniendo los privilegios de la burguesía nacional y su hegemonía sobre el Estado. De qué tan profundos serán esos rasgos, dependerá de cuanta capacidad de resistencia a ellas demostrarán los diferentes grupos económicos.

Los conflictos sociales se incrementan tanto en lo masivo como en intensidad en todas las regiones del mundo. Rusia no estará exenta de ello. Si el gobierno de Putin y los sectores patriotas de la burguesía no querrán ver a Rusia atravesada de crecientes conflictos sociales, y a la vez coaccionada por un aumento de la presión económica, militar y por el financiamiento de grupos separatistas y desestabilizadores desde la, así auto-proclamada, comunidad occidental de valores, deberá continuar con el muy sutil re-direccionamiento de la política del Estado, que en algún momento, más temprano o más tarde, tendrán que afectar de mayor o menor grado a las relaciones de propiedad vigentes hoy en Rusia.

Pero una restauración del socialismo, en el sentido de que sean la clase trabajadora y los pueblos de Rusia, y no la burguesía, los que dicten el destino del conjunto de la sociedad, no podría ser impulsada desde el Estado sin el protagonismo de las grandes masas sociales. El qué tanto podrán sobreponerse las mayores o menores reformas del Estado de la Federación de Rusia con las aspiraciones de la clase trabajadora, la pequeña burguesía y los pueblos, qué tanto el Estado irá acompañando las demandas sociales o, de lo contrario, en que medida se irá transformando en opositora de esas demandas, dependerá en el presente esencialmente de dos factores:

  • De las políticas nacionales en relación con las reformas y las políticas internacionales, que el presidente Putin tomará en su, muy probable, siguiente mandato presidencial.
  • La intensidad que irá tomando la lucha de clases en Rusia.

Empero, lo que en gran medida se puede afirmar ahora, es que la restauración del socialismo en Rusia, acompañada, de forma mayor o menor, por reformas impulsadas desde el Estado, será, probablemente, menos pesada que la revolución socialista de 1917, porque muchas de las bases para una sociedad socialista ya están sentadas.

-¿La esperanza de que la humanidad avance hacia el socialismo está colocada en la restauración socialista en los ex países de la URSS?

Están colocadas en China. También la restauración del socialismo en la mayoría de los países de la ex Unión Soviética (incluida Rusia), depende especialmente de cómo evolucione la sociedad China, si el sector socialista es capaz de seguir fortaleciéndose o si se verá más y más arrinconado.

-¿Pero China no es acaso imperialista?

Depende, en esencia, de las cantidades de capital financiero de los que dispone y mueve un país en las economías del mundo si es calificable de imperialista. De no cumplir esa propiedad elemental de toda nación imperialista, un país queda descartado de inmediato de la lista de esas naciones:

“Una punto asombroso en la revisión de los mayores consorcios financieros es que el mayor administrador chino de capital, la China Merchants Bank, con un capital administrado de 290 billones [=290 mil millones] de US-dólares no se puede siquiera hallar entre los primeros 40 consorcios financieros. Esto es notable, porque los cuatro mayores bancos del mundo, medidos en activos totales, provienen todos de China. La Industrial & Comercial Bank of China, la Agricultural Bank of China, la China Constitucion Bank Corp y la Bank of China alcanzan el fabuloso balance de 14 trillones [14*1012] de US-dólares. Los bancos chinos sin embargo están pocos interesados en el negocion de inversión, pero así aun más interesados en la actividad de la concesión de créditos y ello preferentemente en el interior del país. Esto es loable desde el punto de vista de la economía nacional, pero representa un desventaja desde el punto de vista el poder político. El tamaño del sector banacrio chino no se refleja en su participación internacional y no representa por ende un factor de poder inmediato.”

Las anotaciones entre [], las cursivas y los ennegrecidos son propias, Traducción propia desde el alemán.

Fuente: BERGER, Jens: “Wer Schützt die Welt vor den Finanzkonzernen? Die heimlichen Herrscher und ihre Gehilfen” [traducción al castellano: “¿Quién defiende al mundo de los concorcios financieros? Los gobernantes secretos y sus ayudantes.”], Westend, 2019, ISBN: 978-3-86489-260-8, p.247

Basta con conocer ese dato para figurarse que la creencia de que China sería una sociedad imperialista, no es más que eso, una creencia que carece de todo fundamento científico. Si un país no cumple la propiedad más esencial de una nación imperialista, es decir, el que sus instituciones financieras sean significativas dentro del mundo financiero internacional, se hace superfluo estudiar el cumplimiento de otras, porque todas las demás propiedades que caracterizan a una nación imperialista, se edifican sobre esa base.

No obstante lo anterior, mencionaremos acá otro factor fundamental a considerarse: el sector bancario chino en relación con el sector industrial, resulta ser un enano. Las naciones imperialistas, en cambio, se caracterizan por un sector bancario extremadamente desarrollado que supera, cada vez más ampliamente, al sector industrial. Dicho de otra forma, en las naciones imperialistas, es la economía ficticia la dominante y la economía real (la economía productiva de mercancías tangibles e intangibles —bienes y servicios en el lenguaje de la economía política—) cumple la función marginal de alimentar a la primera.

Lo recién señalado son algunas, aunque primordiales, explicaciones del porqué China no tiene una política exterior agresiva; todo lo contrario, ella se desarrolla sobre la base del respeto al derecho internacional y de las leyes que cada nación en particular se ha dado.

Es lamentable que algunas organizaciones políticas que se postulan a si mismas de socialistas, caigan en el engaño, esparcido desde los mismos centros del imperialismo, de atribuir a China una naturaleza imperialista. En la práctica, aunque en muchos casos ciertamente bien intencionado, dicho postulado no hace un favor a la lucha del proletariado internacional por desatarse de las cadenas que les impone la explotación capitalista. Más bien lo contrario, juega a favor del interés imperialista, de crear una negativa imagen de China dentro de la clase trabajadora internacional y de sus aliados, como lo son la pequeña burguesía democrática, el campesinado, los pueblos originarios, etc.

En vez de que el proletariado internacional y sus aliados sepan que sus nuevos levantamientos contra el gran capital, para lograr emanciparse de la esclavitud asalariada, no parten de una base cero, como ocurrió en 1917, sino que esta vez lo hacen desde una bastante más sólida, con China, la RPDC, Cuba, Vietnam y Laos como respaldos, queda el proletariado inmovilizado ante la sensación de estar en desventaja absoluta frente a la aparente insuperable posición de poder de las burguesías nacionales, respaldadas por aquellas poderosas burguesías imperialistas. NO es lo mismo para nosotros, las y los trabajadores, salir a luchar contra el gran capital de nuestra nación, creyendo convencidos de qué todas las luchas que se han dado hasta el presente, en la historia contemporánea, han resultado fracasadas, y que, por lo tanto, la edificación del socialismo parte desde el punto cero absoluto, que hacerlo sabiendo que en este mismo presente ya existen naciones, que, durante décadas, han continuado, con avances y retrocesos, con aciertos y desaciertos, sus procesos de consolidación de sus respectivas sociedades socialistas. Al enemigo se le tema más, si se cree que ha salido victorioso de todas las confrontaciones con el proletariado, que saber con certeza que algunas de las luchas que se han dado en alguna latitud de este globo han resultado victoriosas para este último y que persisten en el tiempo.

Es esta la razón por la cual los centros ideológicos de la burguesía (especialmente aquella imperialista) se encargan de esparcir, una y otra vez, la idea, que infiltran con gran astucia también entre las organizaciones y movimientos progresistas, de que China sería imperialista. Mantener a la clase trabajadora sumergida en la desolación, en la desesperanza, e incluso en el odio contra las sociedades que realmente son las suyas, es su mayor garantía para que esta —la clase trabajadora— no se alce en contra de ella —la clase burguesa— y el imperialismo, al menos de tal manera que ese alzamiento represente un claro peligro a las bases del modo de producción capitalista imperante.

Empero, esta vez no se parte de cero, sino de una base más sólida, más elevada, que la que había en los tiempos de Lenin y Stalin, con el soporte de las sociedades que hoy se consolidan socialistas y el aprendizaje que nos entrega la experiencia histórica de los Estados socialistas de la Unión Soviética. Esta vez las y los trabajadores internacionalmente no estamos solos, ni vamos a construir una sociedad socialista recibiendo un brutal cerco económico del imperialismo o arriesgando a diario una guerra aniquiladora, sin la existencia de naciones, que, estando más avanzadas en la construcción de sus propios socialismos, servirán de soporte económico, político y militar.

La certeza de este esencial hecho es la que los ideólogos de la burguesía buscan, por todos los medios a sus alcances (los centros académicos e ideológicos, la infiltración ideológica de las organizaciones progresistas, los medios de comunicación y propaganda, etc.) de arrancar de nuestras mentes, cuando difunden de forma sistemática y astuta la idea de que China fuese imperialista o al menos un capitalismo salvaje y repudiable.

-¿Pero China no es acaso capitalista?

China es socialista, pero a la misma vez no lo es, —un hecho asimismo válido para Cuba, Vietnam y Laos. El único país con un socialismo prácticamente consolidado en el presente es la República Popular Democrática de Corea. Pero la RPDC sola, como último reducto del socialismo, tendría pocas probabilidades de sobrevivir no obstante de su potencial militar. Que se mantenga de pie, se debe, no en menor grado, a China (y Rusia). Apoyar a la RPDC, al mismo tiempo que tirar dardos contra China, significa, en la práctica atacar a la RPDC; de una parte porque es China que le permite la salida al mercado internacional y por ese medio el acceso a los recursos económicos (especialmente tecnología y materias primas) que se tranzan en él, y de la otra, porque si a una alianza militar liderada por Estados Unidos se le ocurriera la brutal locura de invadirla, China (y Rusia) no dejarían ese acto sin respuesta militar, lo que colocaría a la humanidad al borde de una tercera guerra mundial. China es por lo tanto un gran garante de la paz de la RPDC.

Es, por lo tanto, de la misma manera desacertado manifestar apoyo a Cuba y a Venezuela (o, por nombrar otros, a Vietnam, Laos, Siria, Irán o los países del continente de África), pero negárselo a China (y a Rusia). ¿Qué sería de aquellas naciones sin estas dos últimas, sin sus capacidades productivas, sin las ayudas humanitarias de elementos e insumos medicinales, sin los conocimientos tecnológicos y científicos en prácticamente todas las áreas del conocimiento humano, sin los enormes recursos económicos, sin las condonaciones millonarias de deudas, sin la capacidad y tecnología militar, etc.? China y Rusia son los dos principales países que soportan, económicamente el primero, militarmente el segundo, a las naciones que avanzan hacia su soberanía nacional y en la construcción del socialismo. Ninguna de estas naciones (basta con mirar a Siria y comprar su historia reciente con la de Libia) sobreviviría sola a la arrolladora y despiadada mano del imperialismo. Los medios de comunicación imperialistas lanzan, casi diariamente, su furiosos lenguaje sobre China y Rusia, por sus apoyos a naciones que luchan por consolidar su soberanía o el socialismo. Sin el apoyo de estos, por la prensa burguesa así descritos, gobiernos “autocráticos”, “dictatoriales”, “déspotas”, etc., no se mantendrían los, según esta misma prensa igualmente, “autocráticos”, “dictatoriales” y “déspotas” gobiernos. El acto de manifestar apoyo a China (y a Rusia) lo es a la vez a los países que caminan por la senda de la independencia nacional y del socialismo. Al fin y al cabo ambas naciones constituyen las bases presentes de las futuras oleadas revolucionarias que se avecinan a paso acelerado.

“La Unión Soviética, el Campo Socialista, la República Popular China y Corea del Norte, nos ayudaron a resistir con suministros esenciales y armas, el bloqueo económico implacable de Estados Unidos, el imperio más poderoso que jamás existió.”, dijo el comandante Fidel Castro, dos años antes de su muerte.

[Los resaltados son propios. Fuente: “Es hora de conocer un poco más la realidad”, 22 de julio 2014, obtenible en: http://www.cubadebate.cu/noticias/2014/07/22/articulo-de-fidel-es-hora-de-conocer-un-poco-mas-la-realidad/#.XutP0aaxUjx]

Los Grupos, que dicen basar su interpretación de la realidad en el socialismo científico, y sustentan sus criticas y su rechazo a China en el hecho de que sería capitalista tienen razón en ese punto. Sin embargo, olvidan que el método de análisis del socialismo científico es la dialéctica materialista. A todo elemento de la realidad le corresponde su perfecta antípoda. China es capitalista pero es socialista a la misma vez.

Incluso las sociedades más imperialistas, incluyen, como su propia negación, al socialismo.

Lo interesante, o mejor dicho, lo relevante para el proletariado internacional, es que en China la síntesis entre ambos modos de producción antagónicos y contrapuestos, el modo de producción capitalista y el socialista, es el socialismo. En otras palabras, la afirmación, la tesis, el socialismo, es dominante. Con cada avance del socialismo, con cada retroceso (especialmente en los graves años 80 y 90 de siglo pasado, tanto para China como para la gran parte de la humanidad), y con cada nuevo avance, se consolida un ladrillo más de socialismo en China.

China no es socialista, porque el socialismo no está consolidado y las contradicciones internas, entre el sector capitalista y el socialista, prevalecen. Una notable parte de la sociedad China siguen dominadas por el mercado, la propiedad privada y la explotación laboral.

Pero China es socialista, en el sentido de que avanza, a pasos acelerados, en la construcción del socialismo. China es una nación que construye socialismo. Y porque lo hace, su carácter preponderante es el de ser socialista.

La falta de análisis dialéctico conlleva que algunas organizaciones únicamente perciban la parte capitalista de China. Otras, en cambio, logran visualizar exclusivamente allí el socialismo más puro y consolidado, obviando sus contradicciones internas.

La construcción del socialismo es inherentemente contradictorio. Mientras las fuerzas revolucionarias van fortaleciendo las bases de la nueva sociedad, las reaccionarias, aunque incluso derrotadas en el seno mismo de la nación, siguen recibiendo el potente apoyo de la burguesía internacional, en la figura del imperialismo, que, a su vez, no cesará con sus acciones agresivas, hasta ver a toda nación que camine hacia la soberanía nacional —y las mayores expresiones de soberanía son justamente las sociedades camino a la consolidación de una sociedad superior a la presente—, pisoteadas, como una cucaracha en el asfalto de la historia. La producción privada, o dicho de modo más certero, la propiedad privada sobre los medios de producción como engranaje de la producción social de una nación, el mercado y el dinero, estrangulados del todo, conllevaría a la asfixia económica de la sociedad en su camino hacia la consolidación del socialismo, en tanto el modo de producción preponderante del resto de la humanidad, siga siendo el modo de producción capitalista, porque, el bloqueo económico erguido por el imperialismo como un muro (casi) infranqueable contra toda nación que busca consolidar la soberanía nacional, dejará a estas últimas casi ningún espacio disponible para acceder a las materias primas necesarias y al desarrollo tecnológico tranzados en el mercado internacional. Por esta razón el sector privado, en una sociedad en caminos al socialismo, representa una válvula necesaria para atravesar las duras barreras impuestas por el imperialismo y acceder a los imprescindibles recursos económicos de los mercados del mundo.

Esa “válvula” es sin duda un riesgo, porque lleva en sí la posibilidad de la restauración capitalista. Pero sin ella, hay muy bajas posibilidades de acceso a los recursos que ofrece el mercado internacional. Qué tan grande, o qué tan pequeña será, depende, ante todo, de cuanto avancen las fuerzas socialistas o al menos progresistas en el resto del mundo.

El mercado es un mal, pero lamentablemente, necesario, mientras el socialismo no sea el modo de producción preponderante de una masa crítica de la humanidadLa revolución permanente no avanza, como un caballo de carrera del principio a la meta en un solo tiro, como lo plantean ciertas ideologías quiméricas (como el trotzquismo), sino por oleadas, con avances y retrocesos, con victorias y fracasos, con consolidaciones parciales que, a su vez, abren paso a nuevas consolidaciones. No consiste, por lo tanto, en un único salto revolucionario, mundial e inmediatamente totalizador, sino en decenas y decenas de luchas de mayor y menor intensidad. El conjunto de todas esas luchas, las revoluciones socialistas, pero también la victoria contra agresiones y guerras imperialistas, gobiernos progresistas y patriotas que abren espacios,  conforman parte de la revolución permanente, en la medida en que cada una de esas luchas signifiquen el debilitamiento del imperialismo o la consolidación de más relaciones socialistas en alguna parte del mundo.

Mientras el imperialismo no esté definitivamente derrotado y la burguesía sea dominante en la mayoría de las naciones, y, por ende, cumpla las funciones primordiales en la organización y distribución de la producción de las mayorías de las economías del mundo, tendrá el capitalista en China el “derecho” a acumular cuantiosas cantidades de riqueza (que seguramente repugnan a cualquier comunista), a cambio de fungir como “puente” entre la producción nacional y la internacional. Sin embargo, ese mismo burgués rico de China perdió el control sobre el Estado y el derecho de acumular riquezas ilimitadas, como sí ocurre en las sociedades con la burguesía como clase dominante. En resumen, en tanto la sociedad humana no haya sido reestructurada en su conjunto o en su parte mayoritaria, prevalecerán inevitablemente importantes estructuras burguesas en las sociedades que avanzan hacia la consolidación del socialismo.

En China, la clase burguesa ha tenido que ir asumiendo su derrota política, vale decir, la pérdida del poder político sobre el Estado, y aunque sectores de la burguesía pugnan por recuperarlo o al menos una parte de él, un sector —probablemente mayoritario— de ella ha ido aceptando la realidad y su destino, tal como se han ido configurando desde la revolución comunista liderada por el camarada Mao Tse Tong, y es en cambio, por medio del Partido Comunista Chino, la clase trabajadora que  lo -el poder político sobre el Estado- ejerce. Un burgués chino tiene la autorización de ser miembro del Partido Comunista Chino, sin poder ejercer el derecho a voto, y por lo tanto, su participación se reduce a ser únicamente consultivo

Esta “simbiosis”, a saber, el que la clase obrera gobierne, pero la burguesía siga pudiendo explotar (aunque limitadamente), le beneficia a ambas clases sociales. La burguesía gana con aceptar su destino el que puede seguir gozando de lujos. El proletariado gana, con otorgarle a la burguesía el derecho a explotarle, aunque con crecientes limitaciones, que la construcción del socialismo ocurra sin costosas fricciones. El burgués chino sabe, que el derecho a explotar a la clase trabajadora es un derecho prestado y provisorio, que lentamente, casi imperceptible a veces, más notoriamente las otras, el proletariado se lo irá quitando.

El proletariado internacional conoce la explotación tanto la nacional como la que ejerce la burguesía imperialista sobre ella. Es pues parte de su ser cargar a la burguesía nacional a la misma vez de la imperialista. El proletariado y el campesinado chino no han estado exentos de tal destino, pero con la diferencia fundamental que han logrado librarse de soportar el peso que significa la explotación de la burguesía imperialista, y es así que pueden aguantar, bastante holgadamente, el peso de la explotación de la burguesía nacional, una explotación limitada, controlada y vigilada por ellos mismos, por otros tantos años más, en el interés de la total emancipación en un futuro indeterminado, pero que acaecerá una vez que el socialismo se haya hecho regla principal en las mayorías de las sociedades del mundo.

El socialismo tendrá mercado a la vez que lo irá repulsando, tendrá explotación a la vez que la irá superando, tendrá dinero a la vez que lo irá haciendo innecesario, tendrá propiedad privada a la vez que la irá haciendo desaparecer. El socialismo es un proceso en el que cada momento niega al anterior, es una sucesión de avances, retrocesos y nuevos avances, es la lucha permanente del sector socialista contra el capitalista (nacional e internacional), es construcción del socialismo a la vez que su consolidación, es por lo tanto su propia negación para finalmente afirmarse. Esto es lo que define a China.

En el interior del Partido Comunista Chino, como en todos los partidos comunistas, siempre hubo importantes tendencias que pugnaban por la restauración del modo de producción capitalista. Los intentos en China de ese tipo, los Gorbachovs de la República Popular China, estuvieron encarnados por los primeros secretarios del PCC, Hu Yaobang y, luego, Zhao Ziyang. Ambos fueron destituidos (el segundo tuvo que permanecer sus últimos 15 años de vida bajo arresto domiciliario, entre otras razones, por haberse pronunciado a favor de las protestas de la plaza de Tiananmén), cuando se hizo evidente que pretendían que el PCC y, por lo tanto, el proletariado con el campesinado, perdiesen el timón el Estado. Deng Xiaoping, el “gran reformador” de China, quién apoyó inicialmente a ambas figuras para luego ser parte de quienes impulsaron sus destituciones, abrió a China, durante su gobierno, al mercado mundial. NO es acá lugar para estudiar si él estuvo o no equivocado, desde el punto de vista histórico, o si sus acciones políticas contrariaron a Mao Tse Tong. Pero sí para afirmar que Deng Xiaoping fue un cuadro histórico del partido y que lo que nunca pretendió fue el que el Estado de China pasara a las manos de la emergente burguesía y del imperialismo. Abrir una “válvula” hacia el mercado internacional, eso sí. Entregar el poder político del Estado a la emergente burguesía y al imperialismo, no.

La URSS no tuvo, entre otras figuras, a un Deng Xiaoping que frenara a Gorbachov. En China, el timón del Estado quedó en las manos del PCC y por su medio, en las manos del proletariado y del campesinado chino. Mientras la capacidad productiva nacional fuese débil y para soslayar las barreras impuestas por el imperialismo, el Estado de China permitió un cierto nivelo de propiedad privada, de mercado e incluso de explotación laboral. Pero un barco intacto, no estrellado contra un Eisberg como el de la URSS, y con el timón en las manos del PCC puede ser dirigido, cuando los tiempos estén maduros, de regreso rumbo al socialismo. Qué China no tuviera el mismo destino de la URSS, es porque recibió su soporte (le fue, dentro de todo, menos pesado construir un Estado de carácter socialista y no perdió a una masa crítica de cuadros comunistas) y porque aprendió de ella, de sus aciertos y desaciertos. Así, cuando los Gorbachovs chinos pretendieron liquidar al Estado socialista de China, el PCC estuvo preparado para dar un golpe en su contra.

La China de hoy es así la continuación de la revolución bolchevique de 1917. Y los miles de millones de muertos que cobraron la Guerra “Civil” y la Segunda Guerra Mundial, a las fuerzas comunistas, reciben redención en los 1.400 millones de chinos que avanzan -hoy- a pasos agigantados hacia la consolidación del socialismo en China y… el mundo.

Lo que parecía una derrota definitiva del socialismo en China, durante los años 1980/90s, se reveló como su negación, o sea, en la consolidación del camino de la República Popular China hacia el socialismo y por lo tanto, la victoria del sector socialista sobre el capitalista. Si el imperialismo, aun en esos difíciles años, fue incapaz de someter a China bajo su manto gris, como si lo logró en aquellos países que sufrieron la arremetida de la Segunda Guerra Mundial, menos podrá lograrlo hoy, cuando China se yergue en la nueva potencia mundial.

-¿China, la nueva potencia mundial?

La crisis de la pandemia del coronavirus deja entrever con bastante claridad de que China se yergue a convertirse en la nueva potencia mundial, al mismo tiempo que el mundo imperialista y su salvaje ordenamiento neoliberal se derrumban a pedazos. Mientras el mundo neoliberal sigue lidiando con la pandemia del coronavirus y la crisis económica desatada a más tardar a mediados del año pasado, las naciones socialistas prácticamente la han superado, con bajo o nulo costo en vidas.

Pero en vez de que las sociedades capitalistas inicien un proceso de cuestionamiento de las políticas neoliberales, responsables de la destrucción de la salud pública por medio de su privatización y de la conversión de la medicina en un negocio con fines lucrativos, señalan a China para atribuirle su propio fracaso en el combate de la enfermedad. Racismo anti-chino y anti-comunismo se expanden en la prensa mundial.

China sería responsable de la crisis económica internacional, supuestamente producto de la pandemia, postulan algunos, por no haber frenado adecuadamente al nuevo coronavirus. Por lo tanto, sería justo que las naciones, con economías fuertemente dañadas por la pandemia, se apropiasen de los activos de China en el exterior, como recompensa por los daños económicos ocurridos. Huawai es uno de los filetes más codiciados por los normalmente devotos defensores de la “sagrada” propiedad privada.

Sin embargo, la crisis que arremete contra el mundo es una crisis largamente anunciada (mucho antes de la pandemia) y de carácter estructural, desatada a más tardar a mediados del año pasado. Esta crisis tiene su esencia en la baja tasa de ganancia que bordea el número cero; en una impresionante sobreproducción internacional de mercancías acompañada por una profunda pérdida da la capacidad industrial en la mayoría de las naciones; en un cúmulo inconmensurable de incontrolable capital ficticio que ya no halla dónde colocarse para valorizarse; y un endeudamiento endémico de las naciones centrales (imperialistas) del mundo. La crisis actual no tiene su causa en la pandemia.

De lo contrario, la pandemía podría significar un saneamiento o incluso una reestructuración de las economías basadas en el capital financiero, lo que en la práctica puede implicar el fin de la gestión neoliberal de la economía en la mayoría de los países del mundo; porque durante el cierre mundial de los países y de la reclusión de las personas en sus hogares, los gobierno permitieron solamente el funcionamiento de aquellas áreas de sus economías que producen y mueven los elementos esenciales para la sociedad. Las bolsas de comercio, en las que normalmente se realizan las especulaciones más monstruosas, y que juntos a los bancos conforman los engranajes centrales de las economías capitalistas contemporáneas, tuvieron que parar forzosamente su maquinaria dañina y parasitaria, probando así su más absoluta inutilidad, desde el punto de vista de la producción social de las naciones. A su vez, la banca quedó reducida a sus históricas funciones iniciales: posibilitar el flujo del dinero de una mano a otra (entre empresas y entre las empresas y sus trabajadores). Sus “funciones” parasitarias y especulativas quedaron forzosamente paralizadas (al menos en una parte muy importante). Fue la industria productiva de mercancías —tangibles (la agricultura, por ejemplo) e intangibles (la salud, por ejemplo)— que asumieron las posiciones primordiales de la economía durante la crisis de la pandemia, y la banca y la bolsa de comercio quedaron reducidas a sus más mínimas expresiones. Este fenómeno es quizás el mejor de los beneficios que nos está legando la pandemia.

Los problemas económicos y sus efectos sociales que se viven en el presente no son producto de la crisis del coronavirus, sino expresión de la crisis estructural del mismo modo de producción burgués y de un Estado incapaz de enfrentar siquiera una crisis de salud. De no haberse desatado la crisis del coronavirus, se hubiera expandido igualmente la cesantía, el hambre, la inseguridad social en general aunque, de una parte, seguramente de forma menos inmediata, y, de la otra, con la desventaja de que solamente la teoría podría haber cuestionado al modo neoliberal de gestión económica. Gracias a la pandemia y su efecto purificador, el neoliberalismo se encuentra en entredicho no solamente en teoría como un modelo de gestión económico fracasado, sino por la práctica misma. Las políticas tomadas durante la pandemia obligaron y obligan a los diferentes gobiernos forzosamente a coartar la gestión neoliberal de sus economías, por indeseable que estas políticas sean para los representantes de los intereses burgueses.                                                                        

En resumen, la crisis del coronavirus ha puesto en total manifiesto que el modelo de gestión económico neoliberal ha fracasado en toda su extensión. Los sistemas de salud privatizados mostraron su cabal fracaso. Pero el fracaso mayor evidenciado ha sido la incapacidad de los Estados de velar por la subsistencia económica de la población durante la crisis. Una vez superada la pandemia del nuevo coronavirus, se hará necesario replantearse un nuevo modelo económico. Y la misma pandemia ha señalado la dirección de qué políticas podrían tomarse: eliminar la especulación, controlar a la banca, redistribuir la riqueza, fortalecer la salud pública, crear un stock de recursos económicos suficientes para la supervivencia de la población durante una situación de crisis, estatizar y nacionalizar, entre otros.

Otro efecto positivo de la pandemia es el cierto freno que el imperialismo tuvo que darle a su expansión militarista. Los muy anunciados ejercicios militares Defender 2020 no han podido tener lugar (al menos hasta el momento en que se redactó el documento). La ascendente agresión beligerante contra Irán sufrió una pausa. Incluso la agresión contra Venezuela ha tenido menor velocidad que la que hubiera sido sin la pandemia.

Regresando a China. Si hay quienes culpan a China del descalabro económico internacional producto de la pandemia, hay otros que creen ver en las medidas sanitarias tomadas internacionalmente, no los intentos de los distintos gobiernos de resguardar la salud de las personas, sino, —léase con atención— negando la gravedad de la enfermedad del Covid-19, una expansión mundial de la “dictadura comunista China” (el vocablo dictadura empleado acá en su connotación negativa) sobre el globo terráqueo. Pero China lo que ha demostrado es una gran solidaridad internacional en la lucha contra esta pandemia y el ser un ejemplo de cómo lograr enfrentar a una pandemia con éxito. ¿Cómo pudo China controlar con tanta facilidad el virus? La raíz del éxito es el carácter socialista de su economía, es decir, su economía centralmente planificada. La propiedad colectiva sobre la gran industria, incluida la industria de la medicina, desde los centros de investigación biológicos y genéticos hasta las industrias farmacéuticas; la capacidad de movilizar a la población masivamente en el combate de la pandemia; el rol no parasitario que cumple el Ejército Popular Chino que era responsable del saneamiento de las calles, edificios y plazas; la responsabilidad social del Estado de China, que no dejó a su pueblo merced de los problemas económicos, producto de la reclusión; y tantos otros elementos propios de las sociedades socialistas, fueron decisivos para los resultados obtenidos. Incluso en economías mucho más pequeñas que China, ha sido la existencia de la planificación socialista de la economía (y por ende del conjunto de la sociedad) la decisiva en la superación de la crisis. Es así que un país con apenas 11 Millones de habitantes, como Cuba, ha logrado enviar más médicos al mundo, incluso a los centros del imperialismo, que la Organización Mundial de la Salud.

La sociedad China no está ausente de contradicciones y problemas. Los hay y serios. Uno de los principales problemas, desde el punto de vista económico, es el hecho de que la población, especialmente la pequeña y mediana empresa, esté muy altamente endeudada con la banca nacional. Eso constituye un riesgo latente para la economía de China. Una contracción económica afectará a miles y miles de empresas y familias y a la generación de empleo. Otro problema de China, quizás más profundo y estructural que el recién mencionado, es el carácter aún muy dependiente de su economía, un rasgo típico de toda economía no imperialista.

Pero, la construcción del socialismo en China,no obstante las contradicciones económicas y sociales, que se reflejan también en el mismo Partido Comunista Chino, tiene cimientos sólidos. Es así que China saldrá fortalecida de ambas crisis, tanto de la crisis de salud como de la económica y se catapultará al primer lugar dentro de la política y economía internacional. Mientras todas las economías basadas en el capital financiero tambalean o sencillamente colapsan, China mantiene una economía estable, una política nacional clara con planes a larga data, y una sociedad que en una abrumadora mayoría respalda a su Estado. China abre hoy el camino hacia el socialismo. China se consolida socialista.

Atacar a la República Popular China (o entregarle un apoyo vacilante, dubitativo o tibio, en el que se reconoce en China a un nación anti-imperialista, pero de modo alguno socialista), desde supuestas posiciones progresistas, significará en la práctica quedar a la deriva de la historia, por las razones ya señaladas, pero muy especialmente por una: El imperialismo se volverá más agresivo este año, especialmente una vez que asuma la presidencia el corrupto, senil y belicista de Joe Baiden (o, eventualmente, Mike Bloomberg, si los representantes del capital financiero en el Estado, lograsen sustituir a Baiden por su predilecto), el candidato favorito de la oligarquía financiera de Estados Unidos. La CIA, el órgano por medio la oligarquía financiera de los Estados Unidos de América proyecta sus intereses en el Estado, se ha declinado desde hace un buen rato por el ala derecha, por lo demás predominante, de los demócratas. La constante amenaza de, pero no, morder, de la era Trump, se han acabado (desde la aprobación del «National Defense Authorization 2020» en diciembre del año pasado, por el parlamento norteamericano (parte dos de esta serie)). La OTAN y la, aparentemente, igualmente agresiva PESCO, avanzarán en sus agresiones bélicas e intervencionistas contra todo Estado independiente, contra los pueblos que amenazan con derrocar a sus gobiernos reaccionarios y pro imperialistas, en resumen, contra toda forma de resistencia y, desde luego, contra Rusia y China.

NO hay Estado alguno capaz de enfrentar por si sola a la potencia militar de las naciones imperialistas, tampoco Rusia…, excepto uno: China. China es la única nación que dispone de los tres pilares necesarios para enfrentar al imperialismo: defensa, economía y política. Si China no es capaz de frenar al imperialismo en su incursión contra los pueblos, en pos de su salvación ante su inminente colapso final, nadie lo es, y el fascismo —la arma política del imperialismo, o mejor expresado, del capital financiero— cubrirá de gris el futuro de nuestra especie. Estar contra China, significa en la práctica, estar del lado del imperialismo. Estar contra China (sea en la figura de la negación absoluta —China sería capitalista e imperialista (y acaso un imperialismo menos nefasto)— o de la relativa —China no sería imperialista pero capitalista y de ese modo, apenas un mal menor—) es estar de facto contra los pueblos que buscan ser soberanos. Estar contra China es oponerse a la única fuerza militar (el poderío militar ha mejorado de forma acelerada), al único poder económico (la Franja y la Ruta de la Seda representa hoy la salvaguardia de las naciones no imperialistas ante la crisis estructural que atraviesa las economías internacionales) y a la única potencia política (un Estado sólido, el partido comunista gobernando, planes quinquenales y visión estratégica de al menos 20 a 200 años hacia el futuro) capaz de frenar y de hacer retroceder al imperialismo.

La responsabilidad histórica que recae en el presente especialmente sobre China, pero también sobre Rusia, es difícil de expresar en palabras. Ambas naciones conforman un sistema molecular, casi indivisible e impresindible, comparable al H20 (agua). Solamente desde esta perspectiva, desde la perspectiva de la amenaza de una guerra aniquiladora de un lado y del nuevo impulso hacia el socialismo del otro, se pueden entender las proféticas palabras de Fidel Castro: “[…] Rusia y a China, los dos países llamados a encabezar un mundo nuevo que permitiría la supervivencia humana si el imperialismo no desata antes una criminal y exterminadora guerra.

China, y junto a ella —y no, no obstante de ella— todas las demás naciones de carácter más o menos socialista, son el garante de la paz internacional, el freno a la expansión de la guerra y del fascismo, y el anuncio y preludio de una nueva y mejor era para la humanidad. El auge de China nos da esperanzas de que un nuevo, mejor y superior orden social se avecina en todo el globo terráqueo.

-¿Entonces, al fin y al cabo son excelentes tiempos para el socialismo, a pesar de todo…?

El proyecto socialista vuelve a abrirse camino.

El año 2020, puede ser señalado como un año clave de la historia actual, como una especie de síntesis entre el avance del imperialismo y la derrota del socialismo de una parte y el inicio de un nuevo avance del mismo socialismo otrora derrotado contra el imperialismo. Ni la victoria obtenida por el imperialismo ni la consecuente derrota de la clase trabajadores y de los pueblos, pueden ser perpetuas. En algún momento, lo uno se torna en su inverso y lo otro en el suyo. En el año 2020 vuelven a abrirse las alas de la tesis y la antítesis. El camino de los pueblos para erguir nuevas y superiores sociedades toma fuerza. Las pequeñas y debilitadas luchas quedaron atrás.

Del mismo modo que las naciones imperialistas han comenzado a agudizar sus agresiones contra los pueblos del mundo y los tiempos de las así llamadas “guerras inconvencionales” y comerciales han llegado a su fin, para darle paso a invasivas guerras de agresión directa, los pueblos se alzarán con creciente fuerza… pero esta vez, a diferencia de la situación dada en 1917, gozando del apoyo de otros pueblos, especialmente de China, Rusia, Irán, la RPDC, Cuba, Vietnam, Venezuela y Laos, que o son socialistas o al menos intentan consolidar su independencia ante el imperialismo. Los años siguientes se irán caracterizando por crecientes y más potentes movilizaciones sociales en todo el mundo y, como hemos visto en estos días con el asesinato de George Floyd, o desde hace un año con los chalecos amarillos o, si bien aún tibias, pero claramente ascendentes movilizaciones en el Reino Unido, también en medio de las naciones imperialistas.

Vendrán innumerables nuevos impulsos, movilizaciones sociales, que en sus principios serán difusos, pero que con el tiempo irán asumiendo más y más el color rojo. Con el transcurso del tiempo, las banderas rojas volverán a izarse en las manifestaciones y las organizaciones comunistas volverán a representar una fuerza, de forma creciente, importante en los movimientos democráticos y progresistas. Los partidos comunistas se irán fortaleciendo (siempre y cuando sepan posicionar del lado correcto de la historia, el lado que está junto a China, Rusia, la RPDC, Cuba y las demás naciones genuniamente Anti-Imperialistas) y conformarán el motor ideológico, orgánico y político de las luchas, en el centro de las demás fuerzas democráticas y progresistas.

El socialismo, como horizonte de sociedad, más y más, se irá abriendo paso en las mentes para finalmente concretizarse en sociedades. 

Aún queda un largo y pesado camino por andar. Chile y la mayoría de las naciones de la región deberán avanzar hacia gobiernos soberanos, populares y democráticos, que logren expulsar al imperialismo y que —esta vez— no le den cabida alguna al fascismo, para luego comenzar la construcción del socialismo. Chile debe refundar las bases del Estado, para que se coloquen los cimientos económicos, políticos y sociales necesarios que permitan erguir el socialismo. El qué tan extenso o breve será el paso entre la refundación de Chile y el comienzo de la construcción del socialismo, depende de la fuerza, de la intensidad de la refundación, que a su vez dependerá de las capacidades internas, es decir, de la capacidad organizativa y combativa del proletariado y de todos sus aliados, como también de la situación internacional.

-¡Sí, buenos tiempos para el socialismo, a pesar de todo!

La clase trabajadora en todo el mundo, sus aliados (la pequeña burguesía democrática, los campesinos) y todos los pueblos amantes de la paz, solo pueden cambiar sus destinos si alteran las condiciones de producción imperantes. El género humano no puede continuar viviendo bajo las actuales condiciones económicas, políticas y sociales. La civilización de nuestra especie amenaza con trastocarse en barbarie. El imperialismo no permitirá su propio colapso sin una brutal resistencia. Los dorados mil millones, que crean su prosperidad a expensas de los 7 mil millones restantes, especialmente sus oligarquías, harán lo posible para mantener las condiciones de producción establecidas. Incluso abrir guerras nucleares.

Pero, cuanto más débil se halle el imperialismo, tanto menos capacidad tendrá de imponer su aniquiladora guerra. Cada victoria del socialismo es restarle savia al imperialismo. Y en la medida en que el imperialismo se vaya debilitando por sus propias contradicciones, más tenderá a implosionar silenciosamente. Es por eso que la lucha por el socialismo, la consolidación de más sociedades socialistas, representan la mayor garantía para evitar esa posible guerra mundial, de lograr la superación del imperialismo y con el, de la hegemonía del capital sobre la sociedad.

Sin embargo, si la fuerza acumulada por los pueblos de la tierra y las políticas disuasivas de China, Rusia, la RPDC, Irán, Venezuela, etc. y posibles nuevas sociedades socialistas, resultasen ser insuficientes para frenar la agresión imperialista, o sea, de darse el grave escenario de la tercera guerra mundial, es posible afirmar, desde hoy, que ella continuará el legado de la segunda, independientemente de qué tan temprano o tarde se desarrolle: sería en su esencia la confrontación entre el imperialismo y el socialismo.

Ninguna nación quedaría exenta de la guerra, aunque sea solamente por la miseria y el hambre que dejaría a su camino. Si ya hoy las masas se alzan por la creciente situación precaria que viven, hay que imaginar cómo sería si la guerra expandiera su gris ala sobre la humanidad. Ningún Estado nacional podría frenar la cólera de sus clase trabajadoras y pueblos. Los Estados burgueses perderían su estabilidad interna por las crecientes movilizaciones, huelgas, apropiación de los centros productivos por los trabajadores, tomas de terreno, paralizaciones del transporte, etc. Al mismo tiempo los Estados socialista y soberanos resistirían a la agresión imperialista. El imperialismo sería socavado por las naciones socialistas y soberanas, al mismo tiempo que por los pueblos alzados en la mayoría de (sino en todas) las naciones de una u otra forma dependientes del, o alineados al, imperialismo.

Aunque esa posible guerra termonuclear, sería exterminadora, no podría eliminar a toda la vida terrestre y a toda la civilización humana. Probablemente partes menores pero significativas de la humanidad sobrevivirán y con ella tecnología, conocimiento y capacidad productiva. Dicho de otra manera incluso esa guerra no podría exterminar del todo a nuestra especie y a nuestra civilización. Probablemente incluso restos del modo de producción capitalista podrán sobrevivir.

Los perpetradores de esa guerra, aunque estén convencidos de que lograría eliminar definitivamente, para siempre, in secula seculorum, incluso de los “genes” de los seres humanos el ímpetu por libertad, hermandad e igualdad social, de modo que las grandes masas de la humanidad acepten por toda la eternidad la opresión, la explotación, la injusticia social como un orden permanente, incuestionable e irrefutable, equivocan. Así como la pandemia del nuevo coronavirus ha hecho su pequeño trabajo de limpieza en el orden neoliberal, la guerra la haría en grande con el imperialismo en su conjunto. Los deseos de los perpetradores de guerra se tornarán en su antípoda.

En vez de la salvación y consolidación final del imperialismo como sistema universal perpetuo humano, provocará su destrucción terminante. En vez de la victoria definitiva del imperialismo sobre el socialismo, vencerá el socialismo.

Guerra mundial podrá haber. Levantamientos y revoluciones en cada latitud también

El desarrollo de la sociedad hacia el socialismo es la única forma de continuar existiendo como humanidad. Solo la abolición de las clases puede garantizar una paz real y duradera. Y la paz, el futuro de la humanidad.

Sea cual sea el camino que andará la humanidad, el camino que costará menos vidas humanas mediante revueltas y revoluciones socialistas y la implosión “silenciosa” del imperialismo o el de la guerra mundial, al final, el socialismo vencerá.

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